sábado, 16 de abril de 2011

El niño debe ser uno mismo

En el mundo en que vivimos, desde el momento en que un niño carece del abrazo y el arrullo de su madre, somos todos parte de un episodio trágico en el que sufrimos nuestro propio abandono. Es una escena muda. Aunque hayamos tenido una madre hermosa y protectora, nos rehusamos a pensar que el mundo debe ser así, y reaccionamos como para intentar rehacer los lazos que son el origen del crecer. Ser abandonado por la madre es ser devuelto al mundo de otra manera, la del silencio.
Una canción de cuna es un encuentro entre la piel y el aire. Es el toque de un ángel en medio de la locura de las horas, que nos presenta la paz como el cauce fundamental de la propia conciencia y la sensibilidad.
De ahí en más, cantar una canción de cuna es un acto materno, nos pone en la piel del que ampara y es amparado y se desvive en hacerlo. El niño debe ser uno mismo.
Y también desde esa misma imagen de preciosos latidos compartidos, uno puede volar un poquito y pensar que también estamos arrullando al mundo.
Luis Alberto Spinetta.



Para todos


De pronto no puedo decirte
lo que yo te debo decir,
hombre, perdóname, sabrás
que aunque no escuches mis palabras
no me eché a llorar ni a dormir
y que contigo estoy sin verte
desde hace tiempo y hasta el fin.

Yo comprendo que muchos piensen,
y qué hace Pablo? Estoy aquí.
Si me buscas en esta calle
me encontrarás con mi violín
preparado para cantar
y para morir.

No es cuestión de dejar a nadie
ni menos a aquéllos, ni a ti,
y si escuchas bien, en la lluvia,
podrás oír
que vuelvo y voy y me detengo.
Y sabes que debo partir.

Si no se saben mis palabras
no dudes que soy el que fui.
No hay silencio que no termine.
Cuando llegue el momento, espérame,
y que sepan todos que llego
a la calle, con mi violín.
Pablo Neruda.